La espera

Me enteré que estaba embarazada por un Test rápido. Supe que quedaban por lo menos unos ocho meses y medio o nueve por delante para conocer a mi bebé en persona. Saqué un turno con un obstetra. Faltaba todavía una semana para ese turno.

Llegué al consultorio y había cinco embarazadas más esperando su turno antes que yo. Miré alrededor buscando sentirme cómoda con un lugar nuevo que sabía que iba a comenzar a frecuentar a lo largo de todo el embarazo. La iluminación era cálida, había algunos Potus y unas Palmeritas que parecían bien cuidadas y eran de verdad no artificiales. Fui al baño, estaba limpio y había un cambiador para bebés.

Las revistas eran bastante actuales y no les faltaban páginas, de fondo se escuchaba música funcional agradable y me llamó la atención ver un matafuegos. Pensé –”¡Qué detalle el matafuegos, evidentemente éste consultorio está bien organizado!”-

Hoy creo que en realidad todo ese estudio ambiental que fui haciendo tuvo más que ver con mis ganas de sentirme cómoda, de conseguir “enamorarme” de mi obstetra tal como había escuchado que a algunas amigas les había pasado con sus médicos.

Quise hacerme “amiga” de la secretaria como necesitando una mirada carismática y contenedora, una cómplice, bueno tal vez me equivoqué de persona.

Leí una revista, mande un mensaje de texto, hice anotaciones en mi agenda de cosas que iba recordando. Listas que iba completando con cosas que suponía que iba a necesitar.

Llegó mi turno. Mi apellido sonó en la sala y con orgullo me levanté, aunque en realidad fantaseé escuchar algo así como -“Mamá de Fulano” -. Sentí por primera vez que estaba acompañada, tenía un huésped en mi cuerpo.

Entré al consultorio y me senté frente a mi nuevo médico. Yo quería caerle bien, en esencia iba a ser como un Dios para mí. Vi una foto de su familia en su escritorio eso me pareció cálido. Pensé que su esposa era muy afortunada de tener un marido obstetra. Busqué sentirme segura con la idea de que nada malo podría pasarme ni a mí ni a mi bebé según las imágenes que fui capturando en el breve tiempo en el consultorio.

Me contestó mil preguntas que yo llevé anotadas en mi libreta con paciencia y dedicación y me dio las órdenes para hacerme varios estudios. Me dio su número de celular y me dijo que podía llamarlo si algo me generaba dudas y no podía esperar a la consulta siguiente. Eso me dio una dosis más de tranquilidad.

Antes de retirarme pedí otro turno para volver a verlo con los resultados y empezar la secuencia del control prenatal. Ya me sentía “en carrera” Ya me identificaba con el resto de las que estaban en la sala de espera.

Fue como haberme anotado en un curso y ya sentirme parte de él. Al salir del consultorio saludé a la secretaria como si la conociera de toda la vida y hasta me fui con ganas de hacerle algún regalito. ¿Cuándo era el día de la Secretaria?, me lo anote en la agenda para averiguarlo más tarde.

Tuve la posibilidad de esperar pacientemente en cada situación porque conocía perfectamente la secuencia de los hechos de antemano.

Tu bebé recién nacido no conoce las secuencias o rutinas de la vida fuera del útero tal como las conocemos nosotros, sólo conoce la vida paradisíaca de la gestación que al momento de nacer forma parte del 99% de su registro. Duerme cuando necesita, incluso justo en el momento de hacerte una ecografía. Entonces, te sugieren comer un alfajor y una bebida azucarada para conseguir que se mueva.

Durante la gestación queremos que se mueva, una vez que nació queremos que duerma… Estamos químicamente modificando estados naturales todo el tiempo, pero no podemos tolerar la espontaneidad de los estados naturales de un bebé. El sueño, los gases, el llanto son una muestra de esto.

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